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Reseña – Candyman

Anthony McCoy (Yahya Abdul-Mateen II) es un promisorio artista recién instalado en un novedoso conjunto de vivienda vertical, situado en uno de los vecindarios más cotizados de Chicago, el cual comparte con su novia Brianna (Teyonah Parris), quien también trabaja en la escena cultural de la ciudad. Antes de que la zona fuera invadida por supermercados orgánicos y lujosos condominios, las calles de Cabrini-Green eran completamente distintas. Un barrio de residencias públicas en el que sus habitantes, predominantemente de raza negra, vivían bajo la opresión de la pobreza y la violencia, resultado directo del abandono de las autoridades y la indiferencia del resto de la comunidad. Una historia de gentrificación que resalta las problemáticas sociales y el racismo sistémico que llevan afectando a los Estados Unidos desde hace varios siglos.

Es a través de un popular mito urbano que el protagonista muestra cierta fascinación por conectar con el pasado del lugar donde habita y encontrar inspiración para su próxima obra de arte. Cuenta la leyenda que si uno repite su nombre cinco veces frente al espejo, el temible Candyman aparece en busca de sangre. Algunos dicen que el origen de esta macabra figura se remonta a finales de los años setenta, cuando un hombre que habitaba en Cabrini-Green fue brutalmente asesinado por la policía, presuntamente por repartir dulces con objetos punzo-cortantes a los menores de un afluente barrio. Otros creen que la historia data desde finales del siglo 19, luego de que una horda salvaje linchara a un joven afroamericano por haberse enamorado de una chica de raza blanca. Lo único cierto es que desde entonces, Candyman aterroriza a las comunidades negras de Chicago y a toda aquella persona que invoque su nombre, con su afilado garfio en lugar de mano y su venenoso enjambre de abejas que siempre le rodean.

Tras varias décadas de ausencia, el ente siniestro vuelve a sembrar el pánico entre los nuevos inquilinos del vecindario, utilizando la enigmática pieza de arte creada por Anthony como una especie de portal. Al principio, el joven artista se muestra incrédulo del supuesto poder maligno de su obra. Sin embargo, una vez que éste comienza a investigar sobre el origen de la leyenda urbana, es que logra darse cuenta de las dimensiones del embrollo en el que está envuelto. «Un dolor como ese dura para siempre», le dice el dueño de una lavandería (Colman Domingo), en referencia a lo que Candyman representa: una figura, producto de la violencia y del racismo, cuyas heridas son el recuerdo de un pasado aún sin reconciliar.

Al igual que Get Out y Us, Candyman utiliza de manera inteligente el horror como una herramienta para explorar las inquietudes que se viven en el actual clima social de la Unión Americana. Producida y co-escrita por Jordan Peele, la película retoma las ideas principales del filme homónimo de 1992, y las transforma en una subversiva y contemporánea fábula que funciona como secuela y reboot al mismo tiempo, y que enmienda los errores de un clásico que no ha envejecido con mucha gracia. Principalmente, el hecho que esta nueva versión esté centrada por completo en personajes afroamericanos, en lugar de observar la historia – y la experiencia de la comunidad negra – a través de los ojos de un personaje de raza blanca. Esta revisión del filme dirigido por Bernard Rose, y protagonizado por Virginia Madsen, ata a la perfección los cabos que conectan a ambos relatos. Y aunque no es necesario echarle un vistazo a la película original para entenderle, si ayuda un poco tener el contexto de la investigación realizada por el personaje de Helen Lyle hace casi treinta años.

En cuestión técnica, la directora Nia DaCosta (Little Woods) hace un trabajo impecable, brindándonos atmósferas espeluznantes cargadas de gore y body horror, así como innovadoras secuencias que dan un aire de frescura al subgénero slasher. La escena en la que cinco jovencitas invocan a Candyman dentro del baño de su escuela es una maravilla. El score, a cargo de Robert Aiki Aubrey Lowe, captura la esencia y el mood a lo largo de la película, convirtiéndose en un excelente (y perturbador) acompañante de principio a fin.

Candyman retoma varios temas de la cinta anterior, como la gentrificación y los prejuicios que la figura titular representa en la sociedad norteamericana, y los expande para hablar también sobre los episodios recientes de brutalidad policiaca. La obra artística del protagonista, la cual a simple vista pareciera un espejo, esconde detrás de ella inquietantes imágenes que capturan los horrores de estas tragedias. Una pieza que desafía tanto al dueño de la galería como a la crítica de arte porque los obliga a ver más allá de su reflejo. Incluso, el título de la obra hace alusión a uno de los cánticos entonados en las marchas masivas del año pasado en honor a las víctimas inocentes que han perecido a consecuencia de la violencia policial.

Aunque la cinta se torna un poco confusa durante su acto final, ésta consigue cerrar con gran fuerza y maestría, dejando la puerta abierta a una eventual franquicia. El trabajo de Yahya Abdul-Mateen II, Teyonah Parris, Nathan Stewart-Jarrett y Colman Domingo, junto al ingenio de DaCosta y Peele, resultan en una combinación casi perfecta. Candyman es un memorable y sumamente provocador relato de horror que no escatima en sangre ni en ideas para llevarnos a reflexionar y reconciliar el pasado y el presente de una nación.

Calificación: *** 1/2

Título original: Candyman

Año: 2021

País: Estados Unidos, Canadá

Dirige: Nia DaCosta

Con: Yahya Abdul-Mateen II, Teyonah Parris, Nathan Stewart-Jarrett, Colman Domingo, Vanessa Williams y Tony Todd

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