Reseña: Pedro Páramo

«Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo», anuncia en voz en off un hombre que deambula por caminos polvorientos, perdido, aunque dispuesto a cumplir con la última voluntad de su madre, fallecida hace apenas siete días. Doloritas partió de este mundo con el corazón lleno de melancolía y con el deseo trunco de volver a su tierra natal. Un anhelo que ha sido retomado por su hijo Juan Preciado (Tenoch Huerta), con la esperanza de igualmente conocer al hombre que le dio la vida. Comala ya no es aquella comunidad próspera de verdes milpas y de gente apiñándose con júbilo en la plaza principal. Ahora es un pueblo fantasma, como tantos otros que han corrido la misma suerte a lo largo y ancho de la República Mexicana. La suerte de vivir en un país donde los políticos han cedido sus terrenos a poderosos señores feudales, quienes, con artimañas y bajo el amparo del clérigo, no solo han explotado desmesuradamente la riqueza del suelo, sino también el espíritu de las personas que lo trabajan.

Un par de encuentros extraños, primero con Eduviges (Dolores Heredia), la administradora de la posada, y después con Damiana (Mayra Batalla), una de las empleadas de la Media Luna, la gran hacienda propiedad de Páramo, llenan la atmósfera de cierto misticismo. La línea entre el mundo de los vivos y los muertos comienza a desdibujarse mientras las casas abandonadas de Comala se transforman en portales secretos hacia un purgatorio, el cual Juan recorre confundido y asustado. Una densa capa de neblina cubre la oscuridad de la noche, dándole permiso a las almas errantes de caminar por las calles entre quejidos y murmullos. ¿Cuál es la diferencia entre estar vivo o muerto, si el sufrimiento es exactamente el mismo? ¿Cuál es la diferencia entre el cielo y el infierno, cuando el perdón eterno y el acceso al reino celestial se compra con unas cuantas monedas de oro, sin importar las atrocidades cometidas?

Las memorias de aquellas personas que Juan cruza en su camino van construyendo la historia de Pedro Páramo (Manuel García-Rulfo), su progenitor. Un hombre que utilizó su poder para edificar – y posteriormente destruir – el pueblo a su antojo. Un macho que detrás de su dura fachada escondía los miedos provocados por un vacío emocional y por una retribución divina que le fue inculcada desde pequeño. Un cacique abusivo que, de una forma u otra, sembró el terror entre los habitantes de Comala, especialmente entre las mujeres, al mismo tiempo que recibía la indulgencia plenaria del padre Rentería (Roberto Sosa). «Yo también soy hijo de Pedro Páramo», menciona uno de los personajes al inicio del filme, una frase que puede ser interpretada tanto de manera literal o figurada, pero que igualmente describe los atropellos físicos, sexuales y psicológicos cometidos por el oligarca. Asimismo, es una lectura del pueblo mexicano, fruto del contubernio entre el gobierno, las élites y la iglesia.

No es la primera vez que la obra de Juan Rulfo, considerada una de las máximas joyas de la literatura latinoamericana y uno de los principales exponentes del realismo mágico, ha sido trasladada a la pantalla grande. Los resultados siempre han sido mixtos, no solo por la veneración que existe hacia la novela publicada en 1955, sino también por lo inviable que resulta traducir la prosa a un lenguaje audiovisual que conserve la esencia del sueño febril al que uno se adentra a través de sus páginas. Con el apoyo de Netflix, mismo que se ve reflejado en cada detalle de esta magna producción, esta nueva versión cinematográfica de Pedro Páramo es la más ambiciosa de todas, y quizá la más fiel textualmente al producto original. Y aunque la cinta conserva mucho de la estructura narrativa en espiral tan característica del libro, ésta pierde muchos de los temas que son bordados con sutileza en cada una de sus viñetas. Es un ejercicio difícil, que requiere equilibrar el respeto al relato clásico con una visión directoral arriesgada y propositiva. Desafortunadamente, este proyecto de la compañía de streaming termina tendiendo la balanza más hacia la reproducción que a la reinterpretación.

El cinefotógrafo mexicano Rodrigo Prieto, quien ha colaborado con autores de la talla de Martin Scorsese, Ang Lee y Alejandro González Iñárritu, por mencionar solo algunos, realiza su debut como director y su amplia experiencia visual le permite plasmar la dualidad de Comala con destreza, en colaboración con Nico Aguilar. El contraste entre las imágenes que muestran la abundancia y la decadencia del pueblo es impresionante, los paisajes son hechizantes y desoladores, y los colores rinden tributo a la naturaleza mexicana. El tono sobrenatural y enigmático de la obra logra traducirse efectivamente, pese al desencajante uso de efectos especiales al mostrar un remolino de cuerpos desnudos surcando por el cielo. El diseño de producción, incluyendo la construcción del pueblo en el estado de San Luis Potosí, así como la labor del departamento de vestuario, el cual elaboró más de 5,000 prendas en conjunto con artesanos y sastres de Colima, Tlaxcala, Estado de México y Aguascalientes, de acuerdo a los datos proporcionados por Netflix, es sobresaliente, elevando la producción a un nivel poco visto dentro de la industria de cine nacional.

Pedro Páramo reúne a un elenco de primera, destacando el trabajo de Dolores Heredia y Giovanna Zacarías, quien interpreta a Dorotea, una mujer que vaga por las calles del pueblo y que se convierte en la narradora del relato durante la segunda mitad del largometraje. Manuel García-Rulfo, familiar lejano del autor de la novela, brinda una sólida actuación como el personaje titular, al igual que Héctor Kotsifakis, quien da vida a Fulgor Sedano, el capataz de la Media Luna, un rol que fue interpretado en la adaptación de 1967 por el gran Ignacio López Tarso. Aunque la presencia de Roberto Sosa y de Ilse Salas es grata, ésta última como Susana, el primer amor del protagonista, ambos histriones se sienten desaprovechados ya que sus personajes no tienen el mismo peso que estos poseen en las cuartillas escritas por Rulfo.

Quienes no estén familiarizados con la novela encontrarán el ritmo de esta suntuosa adaptación fílmica un tanto desafiante, ya que los constantes saltos temporales requieren de suma atención para ir acomodando mentalmente los conflictos y las situaciones en orden cronológico. Mientras que aquellos que hayan leído la obra literaria, y que hayan caído rendidos bajo su cautivadora y embriagante atmósfera, como yo, posiblemente quedarán insatisfechos con el énfasis en el estilo sobre la sustancia, así como la redundancia de algunas escenas. El tema del patriarcado traspasa el complejo ejercicio de traducción de la página a la pantalla, a cargo del guionista español Mateo Gil, y es uno de los puntos centrales de exploración en el relato. Sin embargo, el resto de las reflexiones no corre con la misma suerte, en especial lo referente a la exactitud de las problemáticas que vienen acarreándose desde la época de la Revolución Mexicana, hace más de un siglo, las cuales aún aquejan a comunidades rurales que, como Comala, sobreviven en el limbo, a un paso inevitable de la extinción. Pedro Páramo acaba siendo un tributo demasiado literal a la obra de Juan Rulfo, titubeante al explotar su riqueza temática con mayor libertad y audacia por medio de las ventajas que ofrece el lenguaje cinematográfico.

Pedro Páramo está disponible en todo el mundo a través de Netflix desde el 6 de noviembre del 2024.

(2.5 estrellas de 4)

Ficha de la película: Título original: Pedro Páramo. Año: 2024. País: México. Duración: 130 minutos. Dirección: Rodrigo Prieto. Guion: Mateo Gil. Reparto: Manuel García-Rulfo, Tenoch Huerta, Dolores Heredia, Ilse Salas, Mayra Batalla, Roberto Sosa, Héctor Kotsifakis, Giovanna Zacarías, Noé Hernández, Ishbel Bautista, Ari Brickman y Gilberto Barraza. Distribución: Netflix.

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